EL AGUA Y YO (III)

Ayer me enteré de que los hombres que se ocupan de mí y particularmente de mi salud y bienestar físico se llaman siempre Fernando. Así se llama mi fisioterapeuta y el profesor/entrenador de natación. Para distinguirlos cuando pienso en ellos los llamo»Fernandoelquemecruje» (denominación de origen donostiarra, porque donostiarra es la amiga que me lo sugirió) y Fernandogluglú.

La semana pasada Fernandoelquemecruje estuvo propiamente crujiendo, ordenando, estirando, ablandando y algun etcétera todo lo que se me habia cambiado de sitio o puesto tieso por culpa de Fernandoglugú. Y es que este último al principio tenía en mí una fe ciega. Tanta que me hacía cruzar piscina, patalear (que técnicamente se llama «¡patada!») y controlar la respiración «¡burbujita!» mucho más de lo que mi cuerpo y mente eran capaces de hacer. Ahora, días después, ya su fe es sólo algo miope y nos llevamos mejor.

_Alicia _me dice_, tú mucha respiración, ¡burbujita! ¡burbujita!, porque el impulso de avance y la flotación ya los tienes.

Y yo me quedo mudita, con lo difícil que es callarme a mí, porque no sé muy bien si, en conjunto, esto que me dice es bueno o malo. Agotada salgo y con agujetas en lugares extraños.

Y luego está lo del gorrito dichoso ahora complementado con unas gafas de hormiga atómica que, de verdad, no favorecen nada. Cuando me quito el gorro me caen ríos de agua por la espalda y sobre los hombros. Porque la gorrilla esta no vale más que para asustar al enemigo. Segura estoy de que si me cruzo con un tiburón, sale pitando. Es la antítesis del glamour. Luego, cuando me seco el pelo, se me queda una melena ondulada pero muy ondulada. Algo así como de El Rey León pero sin la parte Rey.

Eso sí, los dos Fernandos opinan que la natación es buenísima en general y mejor todavía para mí en particular. Así que, con la imaginación puesta en un futuro de sílfide y Esther Williams, continúo.

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