EL TRANSPORTE

Llego en coche a la parada del bus y lo abandono allí cerquita. Después procedo a sellarme por criogenización las almorranas o, digamos, las hemorroides que suena mejor, más fino. Es que el banco metálico en que me siento tiene una temperatura como 42 o 43 grados inferior a la deseable. Pero fuera de la concha acogedora de la parada hace un ventarrón que te vuela las ideas. Así que elijo el asiento esquimal. Estoy allí un buen rato porque como sucede siempre, mientras aparcaba he visto como «mi» autobús pasaba sin detenerse y a velocidad más que regular, o sea no a velocidad que permita perseguirlo, bolso al hombro y pies con tacón sensato, hasta la lejana esquina. Ahí tiene que pararse so pena de homicidio de ancianas y niños, únicas personas que por su corta edad o por su edad provecta se atreven a utilizar el paso cebra.

El autobús me lleva al intercambiador de Moncloa. Esto de los intercambiadores me pilló en el exilio norteño y sólo a la vuelta a mi pueblo descubrí lo que eran. Lo de intercambiador me suena a lugar de coleccionistas donde se cambian cromos o sellos o monedas. Algo así como la Plaza Mayor en domingo por la mañana. Pero no. En el intercambiador se cambia de medio de transporte y puede una perderse en casi cualquier dirección. «Para los de Madrid y cercanías, lo que antes llamábamos «la provincia», el intercambiador es asomarse a la capital, es decir, al metro y mogollón de autobuses. Y justo al ladito, dirección Universidad Complutense, la oportunidad de pasmarse ante el roscón verde y rojo que anuncia las fiestas de Navidad. Muy bien, esto es previsión y lo demás, tonterías. No hemos pasado siquiera el Jálogüin y con dos meses de antelación ya está ahí el roscón.

Me dice una amiga que el roscón ese está en permanencia invierno y verano, y que si estoy ciega. Espero que no. Lo que me pasa, pienso, es que no me fijo. En nada y así me va. De cómo llegué al lugar donde iba, por medio y mitad de la Ciudad Universitaria, os lo cuento otro día.

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