El miércoles pasado al parecer hubo las mismas horas de luz que de noche. Digo al parecer porque meteorológicamente hablando soy analfabeta. Pero, asombrada por este verano eterno, consulto cada día el parte de los que sí saben.
Amigos y conocidos pero sobre todo amigas y conocidas, se me quejan del calor y el solazo permanente. Supongo que se me nota: yo estoy feliz. Acosada por los remordimientos porque tanta luminosidad y escasez de grisura y tibieza del ambiente deben ser malísimas para las vacas, los pollos, las uvas y tomates o los vecinos. Pero qué se le va a hacer, nadie es perfecto, así que se me van los días luchando contra la mala conciencia. Y con una sonrisa de oreja a oreja.
Hoy, una semana después de aquel mitad y mitad ya se ha nublado y han caído cuatro gotas. Aquí, en Madrid y cercanías. En Levante es otra cosa y ya tienen sus riadas e inundaciones de casi cada septiembre.
De todas formas yo sigo agarradita a las sandalias y mis alpargatas con cuña, hasta que cualquier diluvio me las empape. Y resignándome poquito a poco a los cielos blancos. Ya se veía venir porque los demás indicadores del fin del verano ya llegaron hace días: El bonito huyendo de las pescaderías junto a la sandía, con la que rima en la fuga. O en cambio, los plumeros blancos, esas plantas (desconozco su nombre científico) que crecen es septiembre junto a las piscinas a punto de cerrarse, haciendo acto de presencia.
En fin que esto no tiene remedio. O como acaba de preguntarme mi hijo, ¿cuándo son las navidades?
