ELECCIONES, claro

¿De qué habla todo el mundo? Pues eso. Se lo he oído contar a don Pedro esta mañana mientras iba al dentista. Y por esto último, lo del dentista, digo, no me han importado nada las elecciones ni don Pedro, así en general.

Pero luego, habiendo sobrevivido (y muy bien) al dentista, ya he podido ocuparme del mundo que es ancho y ajeno y vaya mañana, vaya mediodía y etc. Por lo menos esta vez no ha habido carta. A mí, lo de la política epistolar no acaba de gustarme, me da siempre la impresión de que nos toman por idiotas y aunque alguno habrá… en fin.

Así que he empezado a pensar sobre partidos, coaliciones y votos para estar preparada y que no me coja el toro la víspera de las elecciones sin saber por dónde ir. De momento sé a qué gentes no votar, que ya es algo. No votaré jamás de los jamases a esas personas que al salir del hiper dejan el carrito por medio y mitad del aparcamiento en vez de llevarlo a la esquina donde hay reunión _ahora supongo, asamblea_ de carritos. Para que a los que somos buenos y nos damos el paseíto hasta allí, justo cuando más cansados estamos y con ganas solo de coger el coche y marcharnos a casa a descargar, se nos ponga cara de tonto. Les odio, la verdad.

Tampoco votaré a los que pitan dos segundos después de que el semáforo se ponga en verde. Creía yo que esta especie antigua que disfrutaba tocando bocina ya en la época de los seiscientos se había extinguido. Oye, pues no. No hay más que pasar por un pequeño atasco debido a cualquier obra _ah ¿pero en Madrid hay obras?_ y siempre hay algún especimen dándole al claxon con pasión. El mío de hoy era rubio y con melena ondulante rebosando mechas.

Con sólo eliminar a estos dos y sus congéneres ya he reducido mis opciones electorales en un tropecientos por ciento. Me quedo mucho más tranquila.

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