Lo sé. No me lo van a creer. Y por eso he tardado días en contarlo. Pero debo decir que no sólo es verdad sino que tengo testigos para confirmarlo.
La semana pasada tuve que ir a un juzgado a realizar una gestión, o sea, a estampar mi firma en un papel. Fui acompañada de abogado y amiga con los que charlar mientras se solucionaban los trámites. Que tardaron. Tanto que el letrado empezó a malhumorarse y a decir por lo bajini lo mismo que todos, juristas o analfabetos, hemos dicho alguna vez hartos de esperar en una cola.
Nosotras esperábamos en un pasillo _con asientos, eso sí_ y él se acercó a la puerta del juzgado propiamente dicho, una sala enorme con señores y señoras, mesas y archivadores por todas partes. Supongo que con la becqueriana intención de fijar en algún funcionario su mirada azul. Para meterle prisas, digo. Bueno, pues fue asomarse, poner cara de incredulidad y llamarnos moviendo mucho las dos manos. Que miráramos. Y nosotras, obedientísimas, miramos. ¿Qué vimos? allá al fondo de la inmensa sala, detrás de un archivador muy alto y delante de la ventana por donde entraba el sol matinal, una cabeza (el cuerpo lo tapaba el archivador) aparecía y desaparecía, arriba y abajo. Talmente como si hiciera gimnasia…
_Pero ¿esto qué es?, pregunté porque no podía creérmelo del todo.
_ Sentadillas, está haciendo sentadillas, dijo mi amiga, para que no me quedaran dudas.
No sabía yo que un juzgado a las 09.30 de la mañana pudiera parecerse tanto a un gimnasio. Pero sí, al ratito detrás del archivador asomaba una mano con una pesa que luego se alternaría con la otra mano y otra pesa.
Era evidente: en aquel juzgado había funcionarios que creían y practicaban aquello tan antiguo del «mens sana in corpore sano». No sé si además andaban los seis mil pasos diarios y comían solo avena y aguacate pero su gimnasia matinal no se la quita nadie. Y si no tienen tiempo de acercarse al gimnasio pues… allí mismo. Entre delincuentes, abogados, procuradores y otras gentes de mal vivir.
Y con eso se explica el por qué en darme el papel a firmar tardaron exactamente 55 minutos que, sin tanta exactitud, vienen a ser una hora. Luego nos preguntamos a qué se deben los retrasos de la Justicia. Pues para empezar, a los funcionarios dándose al fitness en horario laboral. Eso sí, si esto se hace en todos los juzgados tenemos los funcionarios más macizos de la Unión Europea y gran parte del mundo mundial.
