Odio el cambio de hora en otoño. Lo digo cada año y nadie me hace caso cada año también. O tampoco.
Odio tener el mismo horario que Varsovia.
Odio que el crepúsculo coincida con la hora del té. O de las corridas de toros, que es más ibérico.
Odio que ahorita mismo, o sea, las mismísimas siete de la tarde, sea ya noche cerrada y oscura.
No me extraña que las aves migratorias salgan pitando en dirección Egipto.
Se cierra el paréntesis.
