¿De qué vamos a hablar hoy? Y mañana y pasado y algunos días más hasta que se nos olvide. No del todo, claro, pero si lo suficiente para que apenas nos incordie. Hoy hace dos años de la dana que se comió la mitad de Valencia y algo más. Pero estamos concentrados en el tren.
Cuando hace tiempo, mi amiga Pilar me contó su teoría de que Pedro Sánchez era gafe me pareció divertida. Luego vinieron tres o cuatro desgracias gordas y alguna desdicha tamaño mediano y ya no le ví la gracia. Y ahora lo del tren, qué horror.
El horror primero trae varios horrores subsidiarios. Los políticos echándose la culpa unos a otros, algo tan repetido que ya no nos impresiona. Las televisiones varias contando lo buenos que somos todos en caso de necesidad. El desfile de historias «con interés humano», tremendo término. La desconfianza hacia las instituciones (la que toque en esos momentos) que, en cuanto nos descuidemos nos lleva a lo de que «solo el pueblo salva al pueblo», al populismo de charanga y jarana. Horrores varios, ya digo.
Me siento, salvando las distancias, muchas, como cuando me tocaba escribir mi columna del periódico después de un asesinato de ETA. Una mezcla de impotencia y rabia. Todo lo que diga no consolará a la familia ni a los amigos. Pero no decir nada es peor. En fin, la mayor diferencia es que entonces jamás se me ocurría pedir la dimisión de nadie. Era innecesario y cruel: lo de ETA te caía en la cabeza y te la volaba por mucha vigilancia que se hubiera desplegado alrededor. Ahora sí creo que transcurridos los días de la investigación, los que sean, el ministro del ramo debía dimitir aunque no fuera más que por vergüenza torera. Es una opinión sólo pero bien meditada.
