En esta primavera lluviosa y casi monzónica que tuvimos, os conté lo que sucedía en mi minipatio-jardín y cómo florecía ahí hasta el césped artificial. Que era, cuando menos, extraño. Pero no tuve tiempo de comentar lo de los bichitos que pululaban en las zonas inundables o inundadas. Muchos. Y en gran parte desconocidos.
La primera vez que fui al país tropical de mis mayores me sorprendió el exceso de fauna y de flora para contenerla. Acumulación que en Madrid y cercanías no existía. Aquí con tres geranios, un perro, algun gato, un par de vacas y dos lagartijas ya nos apañábamos. Bueno, pues parece ser que eso era antes. Con las lluvias estilo diluvio mediano, flora aparte, la fauna se ha explayado, extendido e incluso desbordado por las esquinas y salido de sitio. El cambio climático, dicen.
Reconozco que urbana y de secano como soy, no me gusta nada, pero nada, la invasión de animalitos en mi casa. Reconozco también que la fauna blandita me da un asco que me muero. Desde la lombriz a la anaconda espero que estos bichos se queden fuera de mi solución habitacional, por decirlo en moderno.
Ya. Pues el hombre propone y… Me las encontré una noche a las dos en mitad del suelo del cuarto de estar. Ambas gorditas, relucientes y midiendo aprox. 5 cms. de largo. Lo calculo porque ésa es la medida de un bajo normal en faldas o pantalones (en alta costura son de 7 cms. para arriba). Y son babosas, ignoro de qué clase o raza pero babosas. Como caracoles sin casa. Una repugnancia. En lugar de morirme de asco que hubiera sido lo lógico, las cogí con el recogedor _valga la redundancia_ y las eché al jardín de donde nunca debían haber salido.
Me quedé contentísima de mí misma. Yo valiente y resuelta, madre de dragones, expulsadora de babosas.
Ya otra vez. No sé por donde entran. En qué esquinita se refugian. Cuáles son sus intenciones. Sólo pueden verse en mitad de la noche oscura y tras largo rato con las luces apagadas. Para que mi sobresalto sea mayor, supongo. Durante meses sólo topaba con una y, pienso, habíamos llegado a una entente cordial. Existía un acuerdo tácito _no verbal_ entre nosotras. Algo así como «tú no apareces de día ni fuera del cuarto de estar y yo no agarro el recogedor».
Anoche, a las tantas virandas, me desperté con sed y fui a la cocina por agua. ¿Y qué me encontré por medio y mitad del suelo del cuarto de estar? ¡¡Un guateque de babosas!! Tres había. Al menos tres a la vista y decidí no investigar más.
Ahora no se qué hacer. No tengo una naturaleza violenta. Pero no me gusta tampoco dejarme avasallar. Un lío. O sea, odio el cambio climático.
